Réquiem por la contracultura

Este último año ha ido calando en mi un proceso que hacía tiempo que supongo que se estaba dando. Últimamente, cuando entro en un centro social okupado y escucho punk, cuando miro una portada de un fanzine, o simplemente veo a alguien con pintas de “alternativo”, las sensaciones y pensamientos que recorren mi cuerpo son distintas.

Obviamente, he cambiado. Como yo, mucha de la gente que conocí ya no escucha la misma música, ni se viste de la misma manera y ni se junta con la misma gente. También, supongo, hay algunas cosas que son fruto de una decepción.

Desde chaval, encerrado en mi pueblo con sus malas combinaciones de transporte público y su irregular geografía, fue desarrollando unas ganas inmensas de conocer mundo y a la vez de descubrir y meterme en sitios donde se estuviese trabajando para el cambio social ya fuese des de uno mismo, o hacia el exterior. Soñaba en vivir en un centro social okupado en comunidad haciendo talleres para el barrio, o años más tarde yéndome a vivir en una ecoaldea, mientras que me tragaba todo tipo de literatura del ’36 y las gloriosas hazañas de la CNT. Así que cuando pude, me fui de mi pueblo, me metí a vivir con 7 personas y me metí en los proyectos que pude… y hace unos años ya de eso. Quizás mucho tiempo, quizás poco.

La cuestión, ¿qué es lo que me separa de todo aquello? Bueno, separar, separar, pues… tampoco, porque todo el mundo contracultural al que me refiero sigue siendo una parte muy importante de mi vida. Pero creo que aquellas canciones que tanto criticaban al sistema, muchas veces estaban vacías. Al fin y al cabo, ¿dónde está, o que hace la gente de todos los festivales y conciertos que ladran consignas rabiosas? Pues viviendo, como todo el mundo.

Una de las cosas que me dan más rechazo son los típicos comentarios o actitudes de superioridad moral con las que se trata a la sociedad, des de la contracultura llamando de borregos o estúpidos. Primero, que nadie se libra de la cultura con la cual nos han educado, y eso incluye al más punky, hippie o rasta; y sobre todo a él, porque solo hace falta ver (como por ejemplo) las relaciones de género que se establecen en dichos espacios para ver que no somos tan distintos a la sociedad. Desde los aspectos más “superficiales” (de los miles de conciertos que has ido, ¿cuántos eran solo de tías… y de tíos? ¿Generaban la misma expectación?) a los más graves como los comentarios y agresiones. Como persona socializada como hombre, yo mismo soy parte de la reproducción de un sistema de género en que las mujeres sufren desigualdades simplemente por haber sido etiquetados por esa categoría. Y como en el ámbito del género, mil y una historias de convivencias varias (¿por qué no suelen aguantar las mismas personas okupando, durante varios años?), centros sociales que eran simplemente bares o que les sudaba el descanso de los vecinos, librepensadores más dogmáticos que el papa…

Obviamente, estoy generalizando. Pues claro que hay gente que se lo curra, que existen proyectos que apuntan a la transformación social y personas que pueden resolver sus conflictos de limpieza sin acabar a palos. Pero quizás, la decepción fue esa, ver que llevar una A de anarquía en la chupa, estar dentro de un centro social okupado o escuchar La Polla Records significaba poco más que eso. Que el individualismo y el egoísmo de la contracultura es el mismo que el de la sociedad, y que ambos términos no pueden separarse.

Pero eso un chaval es difícil que lo vea, a la necesidad de encontrar referentes con los cuales identificarse y hacerse su propia identidad. Con eso no quiero adoptar una posición paternalista de decir que yo “he crecido” y otras personas estarían en una situación “inmadura”, simplemente creo que a veces es más importante mirar más hacia dentro y el entorno cercano. Eso no inválida la crítica, que es necesaria, sino que añade preguntas que creo que deberíamos hacernos si realmente queremos cambiar algo de esta sociedad a la cual pertenecemos. ¿Qué estamos haciendo? ¿Porqué lo hacemos? ¿Qué resultados estamos teniendo? Y quizás este es el cambio más importante, pensar más en cómo ir más allá de nuestros círculos, que en quienes somos. De intentar hacernos entender, más que confrontarnos directamente porque no compartimos el mismo lenguaje (o estética). Y aunque una cosa no quite la otra, creo que son aspectos que no se tienen lo suficiente en cuenta, ya sea dentro de movimientos contraculturales, políticos o en convivencias.

Al final se trata de hacer equilibrismos, porque ni yo mismo estoy libre de esta y otras críticas que hago y hacemos. Y quien sabe, quizás algún día acabo en una ecoaldea. O quizás no.

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